(Mendoza Capital 12/7/1783- 16/5/1864)
SONETO
¡Oh,
Providencia! Te estaba reservado
Demostrar lo que puede un
pueblo unido,
Aún no fue tu suelo acometido,
Cuando cada
hijo tuyo fue un soldado.
Has
hecho ver de cerca, que un Estado,
Cuando es por Ciudadanos
defendido,
Más seguro se encuentra, y es temido
Del que
Ejército tiene asalariado.
Tiemble
desde hoy quien quiera acometerte,
Escarmiento halle en Corro y
su jornada,
Y sus Tropas no exponga, ni su suerte.
Aquel
que quiera verte subyugada,
Esté entendido que hallará la
muerte,
En la tremenda punta de tu espada.
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EL
CORRO (1820)
Viejo:
Estando junto al fuego yo sentado
sentí un tropel,
que a mí se dirigía,
el cual lo hacía un hombre que
asustado,
diciendo: me persiguen, más corría.
Llegó por
fin a mí todo embarrado,
le invito a desmontarse, y no
quería,
pues tan grande es su miedo, y tal su apuro,
que
sólo cree a caballo estar seguro.
Por
fin se desmontó, y no contento
teniendo su caballo de la
brida,
sacó un par de pistolas e hizo asiento;
desenvainó
una espada muy lucida
fijando vista, y oído muy atento
al
camino que traía en su venida;
pregúntole quién es, y él me
responde,
que es Corro, el Coronel de no sé dónde.
Le
pedí me dijese allí su historia
sin dejar menudencia por
contarme
que imprimirla quería en mi memoria
ganando en
este gusto que iba a darme
que fuese un pregonero de su gloria
y
de un hombre tan grande así acordarme;
convino y dio principio
por sentado
por lo que a todo trance había ocultado.
Corro:
Hijo
de un zambo platero
llamado
Teodoro Corro
nací
en Salta como un zorro
en
un miserable agujero;
vil,
ignorante, y grosero,
cobarde
pero atrevido
pedí
el militar vestido
para
cacarear honor,
siendo
todo mi valor
el
valor de mi apellido.
V:
¿Y cómo con tales recomendaciones
lo admitió
Alvarado entre su tropa?
Porque según demuestran sus
razones
usted no mereció aquella ropa,
ni tener en la
manga dos galones;
por paisano sin duda hizo la sopa.
Mas
quisiera señor que me dijera
si tenía afición a la carrera.
C:
De
un mal soldado a teniente
ascendí
por carambola
y
asombrado exclamé: ¡Hola!
ya
voy pareciendo gente,
confieso
aunque no es decente
que
al verme con relumbrones
se
me inflaron los pulmones
y
la boca se me hizo agua
al
comparar con la fragua
el
lustre de los galones.
V:
¡Qué contento tendría al encontrarse
libre ya del
carbón y de la lima,
pudiendo con las gentes asociarse,
y
con vestido militar encima!
Debiera usted por cierto así
empeñarse
en ganar del Coronel la estima
por puntual al
servicio, por valiente,
y hacer ver que la raza no hace gente.
C:
Crecer
mi orgullo sentía
y
elevarse a punto tal,
que
sólo en ser General
pensaba
de noche y día,
resolví
con gallardía
ejecutar
lo pensado;
todo,
en fin, lo vi logrado
mediante
la ruin traición
de
robarle el Batallón
al
Coronel Alvarado.
V:
¿Y que no temía usted algún castigo
por el
atentado que confiesa?
¿Que no había Oficiales allí,
amigo,
que aquel mal estorbasen con presteza?
Porque una
seducción no se hace sin testigos,
y usted ponía en riesgo su
cabeza;
pues si su comandante lo advertía,
un almuerzo de
plomo usted tenía.
C:
Temiendo,
como era justo,
mil
consecuencias fatales,
apresé
a los Oficiales
que
me causaban más susto;
pero
aún no teniendo gusto,
ni
pudiéndome aquietar,
también
hice asesinar
a
Sequeira y Benavente,
a
Salvadores y Fuentes,
guapos,
no puedo negar.
V:
Déjeme preguntarle lo que hacía
gobernando vecinos y
soldados,
porque esto no es tocante a platería:
que si
fuera esto, en esto se había criado;
y por fin, era cosa en que
tenía
la mitad del camino casi andado;
pero pasar de un
salto a tal altura
embrolla la cabeza más segura.
C:
Señor
de vidas y haciendas
en
el pueblo de San Juan,
yo
no envidiaba al Sultán
de
su Gobierno las riendas,
a
mis tropas en sus tiendas
proclamaba
libertad,
cuando
al pueblo sin piedad
le
gritaba entre sus penas
horca,
fusil, y cadenas
sostendrán
mi autoridad.
V:
Pero en fin hasta aquí no había pedido
lo que
llaman confites del Gobierno,
de un unto que en las manos
recibido
el corazón más duro pone tierno,
porque en su
mano estaba el haberse ido
como otros Gobernantes al infierno,
y
extraño que hasta aquí sin tener minas
no atacase las bolsas
sanjuaninas.
C:
Viendo
ya al pueblo en desmayo,
temiendo
grillos y muertes,
le
arranco veinte mil fuertes
en
un día por ensayo,
tan
rico sabor les hallo
a
los dichosos doblones
que
cayendo en tentaciones
de
robarlos con frecuencia
impuse
con exigencia
mayores
contribuciones.
V:
Ya tiene usted dinero sin trabajo,
y al pueblo
sanjuanino ya en galeras;
pero quisiera verlo yo más
majo,
hecho ya un coronel con charreteras,
cruzando por San
Juan de arriba abajo
dictando providencias muy severas,
porque
según registro en su semblante,
atrás deja a Alejandro en lo
arrogante.
C:
Cansado
me llegué a ver
de
robar con grosería,
a
pesar de que tenía
más
garras que Lucifer;
y
así por entretener
a
mi corazón altivo,
mandé
tan ejecutivo,
como
estaba de borracho,
se
me extendiera despacho
de
coronel efectivo.
V:
¡Oh, qué lujo y qué rango gastaría
hecho
ya coronel, y con dinero!
¡En vestidos, qué pesos
emplearía!
¡Qué arrogante cocina, y cocinero!
¡Qué
muebles, qué casa y qué tapicería!
¡Qué caballos, qué
coche y qué cochero!
¡Qué tertulias tendría tan
famosas,
pues dicen que en San Juan hay buenas mozas!
C:
Para
darme la importancia
de
un rango ya tan brillante,
me
mandé hacer al instante
toda
ropa en abundancia;
mesa
con mucha elegancia,
casa
con hermosas piezas,
muebles,
alfombras inglesas,
y
tertulia al gusto mío
puse,
no de señorío,
pero
de mozas traviesas.
V:
Pero, señor, quisiera preguntarle,
¿cómo se
manejaba en esta danza,
cuando algún ciudadano iba a
tratarle,
de aquellos que habían visto su mudanza?
¿Qué
tal modo solía usted mostrarle?
Haría usted papel de Sancho
Panza;
y aunque era un coronel tan arrogante,
cuentan que
le llamaban Rocinante.
C:
En
tanto lujo y bonanza,
tuve
también mi cerote,
creyéndome
un Don Quijote,
o
al menos su Sancho Panza;
esta
triste semejanza,
me
robó todo el sosiego;
pero
recobrada luego
mi
gravedad natural,
me
ostentaba tan formal,
como
un gato junto al fuego.
V:
Se acordaría usted algunas veces
de su padre
y su madre, avergonzado.
¡Ah, padre! -diría- ¡si me vieses
en
altura tan grande colocado...!
Pero hallo por mejor que no
estuvieses,
que acaso andarás todo tiznado;
pero ¡ay,
querido padre¡ ¡Cómo siento
la hediondez a mulato! ¡Qué
tormento!
C:
A
pesar del homenaje
que
en grande se me rendía,
no
obstante se percibía
el
fortín de mi linaje.
Exaltado
mi coraje
por
este fetor ingrato,
quise
sahumarme sensato
con
más exquisito incienso,
proveyéndome
el ascenso
de
Cuyo al Generalato.
V:
Que le viniese a usted a la cabeza
atacar a
Mendoza, yo me admiro;
sin duda Pancho Aldao, el buena pieza,
le
dijo la tomaba sin un tiro:
si esto fue así, fue mucha
ligereza,
y disculpa ninguna en ello miro;
si yéndose al
Perú cumple el tratado,
le pasa la escobilla al dicho Aldado.
C:
Por
no tener a mi tropa
tan
regalona y ociosa,
pensé
tomar a Mendoza,
como
tomarme una copa.
Al
punto con viento en popa,
que
saliesen resolví
al
Chañar y Jocolí
guerrillas,
que se escogieron;
pero
a mi nombre sufrieron
buenas
jeringas de ají.
Dejó
este suceso adverso
mi
espíritu envenenado,
mi
semblante avinagrado,
y
más lindo que un escuerzo;
pálido
mi color terso,
puso
mi furor insano,
y
con la espada en la mano,
muerte,
exterminio, y venganza,
desolación
y matanza,
gritaba
como un marrano.
V:
¿Cómo es eso que los derrotaron
cuando Araya
contaba haber corrido
a más de cuatrocientos que llegaron
a
atacarlo y que en el sitio vido
que de los hombres que
mataron
quedó el campo señor todo tupido?
¿Y si esto no
fue así con qué esperanza
a Mendoza siguió con más pujanza?
C:
Sufriendo
el sueño y el hambre
puse
en marcha al Batallón
siendo
mi imaginación
de
proyectos un enjambre.
Teñir
los campos en sangre
desde
el camino intentaba
a
Mendoza si negaba
la
entrada a mis Liberales;
pero
al tocar sus umbrales
un
sudor frío me helaba.
V:
Pero exponer a todos sus soldados
por un vano
capricho, no es cordura,
a más de esto faltar a los
tratados
que Mendoza cumplía, es cosa dura.
¿O tenía los
medios ya tentados
que a tomarla le diesen coyuntura?
Pero
aunque esto así fuese usted mostraba
el dolo y mala fe que lo
animaba.
C:
Temiendo
entrar en acción
tenté
efectuar la conquista
por
medio de una entrevista
al
punto del Borbollón.
Anduve
tan embrollón
en
el ajuste de pases
que
hablando ya sin disfraces
por
ver si sacaba troncha
al
fin les hice la roncha
a
mis ocultos secuaces.
V:
¿Por qué no se volvió sin exponerse
a que
el diablo las hostias se comiera?
¿Si tenía usted miedo a qué
meterse
a tratar con Mendoza si ya no era
el tratado de
usted digno de creerse?
¿A qué dar esa lista que
debiera,
estando en el apuro de entregarla,
comérsela más
antes que mostrarla?
C:
En
fin, diré el paradero
de
la entrevista aterrante.
De
Jiménez el semblante
vi
tan iracundo y fiero,
a
Mayorga tan severo,
y
al resto tan encendido,
que
turbado y sin sentido,
y
sin hallarme qué hacer,
al
fin vine a resolver
lo
que dice mi apellido.
V:
¿Y qué ganó con su entrevista?
Dejar a sus
amigos amolados,
mostrando quiénes eran por su lista.
¿Que
con listas se triunfa, o con soldados?
¿Y creía de este modo
la conquista?
Estos son unos medios nunca usados;
pero
dictados por hombre tan agudo,
de su buen resultado yo no dudo.
C:
Temblando
a mi campamento
llego;
ordeno retirada;
hago
traer la caballada,
y
que nos atacan cuento.
Ligera,
veloz cual viento,
marcha
la caballería,
se
arrea a la infantería,
y
apretando las espuelas
me
dejo dos centinelas,
que
tal vez me olvidaría.
V:
No sería despacio su salida,
supuesto que el
miedo la dictaba;
pues sólo en una marcha muy seguida
a su
valiente tropa aseguraba;
porque allí a cada cual le iba la
vida,
si un solo mendocino lo alcanzaba
y me parece duro de
pelarse
el caminar despacio, al retirarse.
C:
A
la voz de ya
te alcanzo,
que
en mis orejas sonaba,
veinte
leguas me tragaba,
volando
cual cisne o ganso,
marcho
sin darme descanso,
y
al verme en senda más ancha,
el
corazón se me ensancha,
y
dejando el trotecillo,
disparo
como el potrillo
que
conoce ya su cancha.
V:
Las más veces, señor, en estos casos
lo
primero que queda son los bagajes;
pues sirven al que corre de
embarazos,
porque ahí lo que se quiere no es carruajes,
sino
poder en uno dar dos pasos,
y librarse del peso de
equipajes:
que el soldado que huyendo va de prisa,
reputa
como carga la camisa.
C:
Viniendo
los Escuadrones
Cívicos
y Nacionales,
Mendocinos,
mis rivales
tras
de mí, como unos leones,
pensé
salvar mis doblones,
armamentos
y equipajes,
municiones
y bagajes,
mandando,
que en el instante,
dos
jornadas adelante
caminasen
los carruajes.
Jugando
pues con afán
los
gauchos las picanillas,
arriban
a las orillas
de
la ciudad de San Juan;
después
noticia me dan,
que
aquella gente guerrera
tomó
en su misma carrera
toda
mi carretería,
y
al saber esta avería
doy
un golpe a mi mollera.
V:
Yo creo que ni a un burro le ocurriera
despachar
adelante las carretas
y jamás a este caso se expusiera
sin
buena guarnición de bayonetas,
y de este modo
consiguiera
ponerse a salvo de funestas tretas;
pero mandar
sin esto allí armamento,
es cosa que no hiciera ni un jumento.
C:
Desconcertó
mi chaveta
tan
inesperado lance:
entro
al pueblo a todo trance
como
incógnito cometa;
carrera
allí de baqueta
supe
que me iban a dar,
y
reniego sin cesar
contra
el complot inhumano
que
me metió en el pantano
y
no me supo sacar.
V:
¿Y
qué papel hacían en tal trance
tantos buenos amigos que
tenía,
cuando le vieron disponer su avance?
Yo me creo que
entre ellos Juan no habría,
Judas sí encontraría en este
lance,
infinidad de Pedros hallaría,
que a vista de las
Cruces sin clemencia
hiciesen ver de Ovidio la sentencia.
C:
Los
que me fueron más finos
vinieron
a visitarme,
y
entran a comunicarme,
que
unidos los sanjuaninos
a
los bravos mendocinos
forman
cuatro mil campeones
de
fusil, sable y cañones.
Digo,
y exclamo aturdido:
valedme
santo apellido
tutelar
de mis talones.
V:
Se debería hallar bien afligido
mirándose
rodeado de enemigos,
de Mendoza por unos perseguido
y
creyendo en San Juan hallar amigos,
encontrar un pueblo
enfurecido
queriendo de su muerte ser testigo
el rico, el
pobre, el joven, el anciano,
el jefe, el subalterno y
miliciano.
¿Que no tuvo recelos al entrarse
en un pueblo
que habían desamparado
al mirar que usted mismo iba a
encerrarse
entre enemigos de uno y otro lado?
Porque esto
era querer hacer matarse
sin que escapase algún soldado
y
a no ser que Iglesia usted ganase,
no sé de qué otro modo se
escapase.
C:
Como
en la misma mañana
llorar
a solas quería
me
meto en la sacristía
de
mi señora Santa Ana;
allí
le pido con gana
que
salvase mi cabeza,
que
le hacía la promesa
de
consagrar mi talento
a
servirle en un convento
o
de monja o de abadesa.
V:
¿Que ignora usted que es máxima adoptada
que
el militar demuestre una alma fiera,
su presencia serena y
mesurada,
y en medio del peligro más entera?
Usted jamás
debió ceñir espada,
y erró la vocación en su carrera,
pues
si se entrara usted de monigote,
mejor le está el cerquillo,
que el bigote.
C:
Sobando
mi vil pescuezo
me
distraigo en la oración,
y
digo en mi corazón:
o
soy Santo, o huelo a queso;
si
en medio de tanto rezo
se
viene Cruz y me pilla,
me
cuelga como morcilla,
si
no me hace carbonada,
de
las que hace con su espada
el
bravo Cajaravilla.
V:
Otra
cosa me dice en esta parte,
que siendo de otra boca no
creyera.
¿Tiene miedo de Cristo al Estandarte,
y en la
Iglesia su asilo considera?
Es lo mismo que aquel que huye de
Marte,
y toma la milicia por carrera.
Yo, en mi juicio,
reputo cosa necia,
huyendo de la Cruz ganar Iglesia.
¿Y
qué providencia, o qué medida
para evitar el golpe usted
tomaba?
¿Por qué no amenazó quitar la vida
a todo
ciudadano, si intentaba
el valeroso Cruz su acometida,
y
que al pueblo, en tal caso, lo quemaba?
Vaya, que usted no ha
visto, Corro,
el arte de la guerra por el forro.
C:
A
pasos acelerados,
de
aquel santo rinconcito
salgo,
y envío al Pocito
cincuenta
mil Diputados,
que
fingiéndose asustados,
mostrando
algún temorcillo,
digan
en tono sencillo
a
Cruz que tengo jurado,
que
como sea atacado
al
Pueblo paso a cuchillo.
V:
Extraño que hasta aquí no le intimara
el
jefe de la Tropa con denuedo,
que la Ciudad muy pronto le
evacuara,
notando en sus medidas ya su miedo.
Extraño que
no le amenazara,
y es cosa que comprender no puedo,
que
estando usted adentro y él afuera,
no le mandase al punto que
saliera.
C:
Luego
me manda intimar
Cruz
con terrible amenaza,
le
desocupe la Plaza
donde
pensaba alojar,
o
que me haría quemar
a
la siguiente mañana,
si
hago su propuesta vana;
y
yo por ser consecuente,
salgo
con toda mi gente
más
de fuerza que de gana.
V:
Quisiera yo haber visto su salida
de un
pueblo, que su orgullo había sufrido
y que más que en ninguno
fue sentida
de su ambición feroz el estallido;
convertido
en cordero en su partida,
al que tigre feroz antes lo vido.
No
alcanzo yo a entender cómo aguantaron
que como a un San Esteban
no lo echaron.
C:
Aumentaban
mi dolor
a
mi salida los lachos,
las
mujeres, y muchachos
que
tras de mí con fervor,
entonaban
con primor
en
verso bien concertado,
viva
ese Corro mentado,
ese
coronel badana,
que
a Mendoza fue por lana
y
ha venido trasquilado.
Sentí
cubrirme de pena,
de
tristeza, y pesadumbre
al
ver que la muchedumbre
en
lugar de enhorabuena
me
gritaba a boca llena:
Corro,
tu alma temeraria,
tu
cabeza estrafalaria,
y
tu valor denodado
merecen
el principado
de
la Insula Barataria.
V:
¿A dónde fue a parar tras este trote?
Yo no
creo que cerca se alojara
haciéndome cargo del cerote
con
que iba usted, y que parara
cuando sentía cerca ya el
chicote,
antes es de admirar que no dejara
los soldados que
huyesen a su gusto,
que así corriera a proporción del susto.
C:
Falto
de valor y brío
cansado
de disparar,
fui
por fin a refrescar
al
otro lado del río;
allí
con menos resfrío
libre
ya de tanto insulto
pienso,
medito, consulto,
y
a solas me digo y hablo:
lléveselo
todo el diablo
como
escape yo mi bulto.
V:
Amigo, yo su Tropa reputaba
que lo seguía a
usted por ignorancia
imbuida en que era justo lo que
obraba;
admirado me deja su constancia
y hallo que sólo
jefes le faltaba
y que esto disminuía su arrogancia.
¿Pues
qué hará el buen soldado cuando advierte
que el Jefe en
disparar cifra su suerte?
C:
Entre
tanto yo advertía
que
mi Tropa desertaba;
pero
lo disimulaba
porque
ya me convenía.
Yo
entre mí mismo decía:
ésta
es la última jornada
que
a fuga precipitada
yo
solo debo emprender
y
con Tropa no ha de ser
porque
ya es carga pesada.
V:
¿Y tuvieron paciencia de seguirle
viendo que
usted se los dejaba
después que habían sufrido por
servirle
mil trabajos que usted ya no pasaba?
¿Qué
interés podía conducirle
al soldado si todo le
faltaba,
mirándose sin jefes, sin abrigo,
sin qué comer,
y al frente el enemigo?
C:
Principiaba
a consolarse
con
esto mi corazón,
cuando
veo al Batallón
como
el humo disiparse;
pues
que empezó a divulgarse,
que
el enemigo embestía;
yo
no sé si así sería,
porque
me asaltó un desmayo,
volví
de él, monté a caballo,
y
corrí hasta el otro día.
Con
terribles convulsiones
despierto
al día siguiente,
y
creyéndome sin gente
veo
doscientos dragones;
adiós,
dije, adiós melones,
desgraciado
es mi destino
por
la plata en el camino,
éstos
me juegan un gancho,
me
degüellan como a chancho,
y
me comen el tocino.
V:
Amigo, si allí yo hubiese sido
soldado de
dragones, yo le juro
le había de haber pesado haber nacido,
y
otro tanto mayor fuera su apuro;
yo hubiera puesto traba a su
apellido,
y que no la rompiera, estoy seguro,
que a vista
de un fusil que le apuntaba
o el diablo se lo lleva, o se
paraba.
C:
Yo decía,
estos dragones
no
me han de seguir por leales,
al
olfato de mis reales
se
han venido los bribones;
tan
funestas reflexiones
me
causaban mi sorocho,
y
sin tener un bizcocho
exclamé
desfallecido:
ojalá
hubiera nacido
más
bien que Corro, Corrocho.
V:
¿Y los dragones qué se hicieron
cuando llegó
donde yo estaba?
Si quisieron seguirle no pudieron
según
era el paso a que marchaba;
si ellos por otra parte se le
fueron
sin duda a la sazón usted ignoraba.
Les puede usted
dar gracia a sus talones,
que lo libran de Cruz y sus dragones.
C:
Amigo, ya yo
me voy;
pues
cerca viene un tropel,
yo
quiero escaparme de él,
[o
de no perdido soy.]
Si
junto al fuego me estoy
quizá
alguno me echa el guante,
mejor
es ir adelante;
dejaré
mi confesión,
que
si lo hallo otra ocasión
le
contaré lo restante.
V:
Hasta aquí me contó, y oyendo un ruido
cual
si viniese tropa allí marchando,
cabalga en su rocín
despavorido,
y con la aguda espuela repasando
el ijar del
caballo enfurecido,
no parece que el suelo va pisando,
pues
tan rápido corre y tan violento,
que competir pudiera con el
viento.
Ya he contado hasta aquí lo que me dijo
el Coronel
Corro en su corrida,
sin quitar ni poner; pues muy
prolijo
anduvo en referir su larga vida.
A aquel que le
agradase, a punto fijo
muy pronto la verá quizá
concluida
porque noticia espero de un amigo,
y así que la
reciba luego sigo.
El
Corro (1820) Confesión histórica en diálogo Imaginado por el autor
que hace el “Quijote de Cuyo” Francisco Corro a un anciano que
tenía ya noticia de sus aventuras.
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Escritor,
periodista, poeta y payador, dejó su impronta en la literatura
gauchesca argentina.
1824
- fundó en Mendoza un periódico titulado el Eco de los Andes,
1826
- Iris argentino – periódico
1826
- El huracán – periódico escrito en verso
1830
- El coracero – periódico satírico
Obra
1889
- Poesía en un tomo de 442 páginas ordenadas por el autor antes de
morir y dejada en manos de su sobrino